“Todo aquello que bulle y hormiguea y gira, es bueno”.
Fritz Zorn, Bajo el signo de Marte

lunes, 27 de diciembre de 2010

Una tarde en San Isidro

En algún momento debería estudiarse, si no se ha hecho aún, la prolífica relación que siempre ha existido entre el milagro del agua y algunas de las más sugerentes leyendas de la hagiografía cristiana. En una de ellas se narra que Isidro, un humilde labrador que había nacido en torno al año 1080, hizo brotar para su señor Juan de Vargas y con un golpe de su azada un manantial de agua que le calmó la mucha sed que tenía. Con el tiempo, los que acudían asiduamente a beber de aquella fuente milagrosa descubrieron sus cualidades salutíferas, y por ello la zona se convirtió en un lugar de peregrinaje de tanta aceptación entre la feligresía madrileña que Isabel de Portugal, esposa del emperador Carlos V, ordenó construir algunos siglos después una ermita en aquel paraje, muy cercano a ese conato de río que es el Manzanares. El modesto edificio acabó convirtiéndose en iglesia neoclásica y la romería, a su vez, casi se transformó en una fiesta pagana que se celebraba todos los años el día 15 de mayo, festividad consagrada a aquel Isidro que finalmente fue canonizado en 1622 e instituido como santo patrono de Madrid. Después de oír misa en la ermita, en el mejor de los casos, los romeros aprovechaban el día para comer o merendar en la ribera del río, y la algarabía de la que disfrutaban, en tanto que se celebraba en un ambiente suburbano y componía un argumento alegre, era un asunto idóneo para ser representado en los tapices que a finales del siglo XVIII se preveía que decorarían el dormitorio que las infantas tenían en el palacio de El Pardo, un sitio real construido dos centurias antes al cobijo del generoso encinar que desde la sierra del Guadarrama se extendía hasta Madrid y que los monarcas habían utilizado desde entonces, o quizá antes, como cazadero.

Francisco de Goya, que desde 1775 trabajaba en la capital al servicio de la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, debía pintar unos bocetos para presentar el proyecto al rey Carlos III y, una vez recibido su visto bueno, los cartones sobre los que los operarios de la fábrica se inspirarían para tejer los tapices. Entre otros asuntos, el aragonés tenía que pintar “la pradera de San Isidro en el mismo día del santo con todo el bullicio que en esta Corte acostumbra a haber”, como le contaba en una carta a su amigo Martín Zapater fechada el 31 de mayo de 1788, y afrontó el trabajo “con mucho empeño y desazón”. Al fin y al cabo, pesaba sobre él la responsabilidad de tener que someter el boceto al juicio severo del monarca, pero además tenía poco tiempo para elaborar un cartón definitivo destinado al tapiz que, de haberse realizado, habría resultado el más grande de una serie de ocho, con más de siete metros de largo por tres de alto. La muerte de Carlos III en diciembre de 1788 y el cambio de planes en la decoración del dormitorio que aquélla acarreó, el propio ascenso de Goya en la Corte al ser nombrado pintor del rey dos años antes y la complejidad de llevar al tapiz el diseño del cartón, agostaron el proyecto, y de toda la serie sólo hizo el cartón para La gallina ciega, que con otras obras relacionadas con el grupo del Pardo se conserva en el Museo del Prado.


Aunque según confesó el encargo le quitó el sueño y el sosiego, Goya logró una composición que conjuga una poética vista de Madrid al atardecer con un gran número de figuras en muy distintas actitudes, y todo ello con una pincelada ligerísima y muy decidida. Fue ésta la última ocasión en que el pintor representó a la sociedad de la época sumida en un regocijo festivo. A la postre, como Watteau o Fragonard, Goya fue uno de los últimos artistas felices, al menos durante los años previos a la enfermedad que sufrió en 1792. Sólo basta recordar que los hijos o incluso los nietos de aquellos que disfrutaban del último sol de un día de mayo serían los que acuchillarían mamelucos o morirían fusilados por una batería de franceses veinte años después, o los mismos que deformarían sus rostros al cantar al son de una tenebrosa guitarra en esa otra romería, tan distinta, que Goya pintó en las paredes de la que en Madrid se conocía como la Quinta del Sordo y que, por cierto, también quedaba a orillas del Manzanares.

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